Ritual de sal y ocaso
La tarde se rendía con la majestad de una reina herida.El cielo sangraba naranjas cansados y púrpuras dolientes mientras el sol, obstinado, se negaba a morir. La playa vibraba. No solo por el vaivén insistente del mar ni por el viento que arrastraba arena y promesas, sino por el retumbar hipnótico de los bajos electrónicos…