
La primera vez que la vi yo era apenas un niño y todavía ignoraba que ciertas personas pueden instalarse en nuestra memoria sin pedir permiso. Ella también era una niña, al otro lado de una pantalla, habitando ese extraño universo donde la ficción parecía más verdadera que la vida. No sabía qué era enamorarse. Solo sabía que, cuando aparecía, algo en mí guardaba silencio.
Un océano había quedado atrás en su historia antes de que esta tierra terminara haciéndola suya. Yo nada sabía entonces de lugares lejanos, destinos ni coincidencias. Para mí solo existían aquellos ojos claros, los patios de una escuela imaginaria y esa inexplicable fascinación infantil que todavía no conocía palabras como belleza, deseo o amor platónico.
Después llegó la adolescencia y comprendí que aquella niña estaba creciendo conmigo, aunque jamás supiera de mi existencia. Ella detrás del cristal; yo de este lado. Mientras su rostro cambiaba con los años, yo aprendía que el amor verdadero era mucho más complicado que mirar una pantalla: descubrí los primeros besos, las primeras ilusiones y también esas primeras heridas que uno cree mortales hasta que la vida demuestra que todavía guarda cuchillos más afilados.
Waltzes extraños baila el tiempo con nosotros. Pasaron los años. Amé mujeres reales, besé labios que podían responder a los míos, abracé cuerpos que podían abrazarme. Me casé, fui padre, construí hogares, perdí algunos, me separé, volví a enamorarme. Conocí esa maravillosa estupidez de prometer eternidades y también la amarga lucidez de descubrir que algunas eternidades duran apenas unos cuantos años.
Intacta, sin embargo, permaneció ella en algún rincón que nunca necesitó convertirse en obsesión. No esperé encontrarla doblando una esquina. Nunca imaginé absurdamente que el destino nos debía una historia. Ni siquiera deseé detener el tiempo para conservarla como aquella niña que conocí. Al contrario: la vi convertirse en mujer, cambiar, madurar, vivir… y descubrí algo extraño: mi imposible también sabía envejecer hermosamente.
Kilómetros, décadas y vidas completamente distintas separan nuestros mundos. Probablemente nunca cruzaremos una palabra. Ella jamás sabrá que existe un hombre cualquiera que lleva casi toda una vida reconociendo su mirada entre miles. Y quizá ahí reside la belleza de ciertos amores platónicos: no necesitan ser correspondidos porque nunca pidieron nada. No buscan poseer. No reclaman futuro. Simplemente permanecen, como una vieja canción cuyo primer acorde todavía consigue despertar algo que creíamos dormido.
Ahora estoy cerca de cumplir cincuenta años y, cuando ocasionalmente vuelvo a encontrar aquellos ojos, sucede algo que el tiempo todavía no ha conseguido destruir: durante unos segundos desaparece el adulto que ha amado, perdido, caído y vuelto a levantarse. Regresa aquel niño frente a la televisión, contemplando a una pequeña actriz sin comprender por qué no podía dejar de mirarla.
Tal vez ella haya sido mi amor más imposible.
Y precisamente por eso, el único que nunca pudo romperme el corazón.
Nunca hubo una historia entre nosotros.
Nunca una conversación.
Nunca una fotografía juntos.
Ni siquiera un encuentro fortuito que pudiera convertir el recuerdo en anécdota.
Solo compartimos algo que ella jamás supo:
el tiempo.
Mientras millones la vieron crecer frente a una cámara, yo crecí del otro lado de la pantalla.
Y después de tantos años he comprendido que hay personas que llegan a nuestra vida sin conocernos.
No vienen para quedarse a nuestro lado.
Vienen para quedarse en algún lugar de nosotros.
Dicen que todos conservamos un primer amor.
El mío probablemente nunca supo que lo fue.
Y no diré su nombre.
Aunque, si alguien ha leído con suficiente atención desde el principio…
quizá nunca haya sido necesario escribirlo.
