Cuando el acero y las sombras me eligieron: un niño, un primo y el abismo de los ochentas
El vinilo gira. La aguja cae. Un latido rompe el silencio.
Era la década de los ochentas. Yo era un niño atrapado entre la luz que se desangraba y las sombras que se arrastraban por las paredes de la memoria. Mi infancia no era inocencia: era un mosaico de golpes y risas rotas, de días que ardían y noches que olían a misterio.

Fernando, mi primo hermano, se inclina y me toma la mano. Sus ojos brillan con la promesa de algo prohibido, pero no ilegal: un secreto que late entre guitarras y tambores. Me guía a su santuario: un cuarto cubierto de posters que gritan rebeldía, vinilos apilados como altares, polvo flotando en la luz tenue.
El primer riff corta el aire. Un cuchillo de acero sobre el silencio. La batería golpea mi pecho: un corazón desbocado que no conoce descanso. La guitarra rasga la penumbra como un relámpago oxidado. La voz de Joey Belladonna surge del abismo, un grito que me arrastra y me libera a la vez.
Siento un fuego que no había conocido. La música no es sonido: es un espejo roto que refleja mi rabia, mi miedo, mi hambre de intensidad. Cada nota me atraviesa, cada riff me eleva y me arrastra al mismo tiempo. La canción no consuela: me enfrenta a mi propia oscuridad y me enseña que abrazarla es sobrevivir.
Fernando sonríe, cómplice. Su risa se mezcla con los tambores. No es solo un primo: es un guía en el rito. Nos convertimos en iniciados de un templo clandestino, donde el heavy metal late como sangre en las venas del mundo. Cada golpe de batería es un latido, cada silencio es un respiro entre tormentas, cada riff un destello de electricidad que recorre la habitación y mi cuerpo.
La canción acelera. Siento el vértigo del tiempo diluyéndose. Mi niño interior se mezcla con la fuerza de lo desconocido. La rabia se vuelve poder, el miedo claridad, la confusión energía pura. Estoy vivo como nunca antes, y Fernando está allí, sosteniéndome mientras atravesamos juntos el abismo de la música.
Los ochentas se sienten clandestinos. Cada nota es un secreto compartido. Cada riff un desafío al mundo que no comprende. Cada silencio, una grieta donde habita la intensidad. Aprendo que la oscuridad puede ser belleza, que la pasión puede ser fuego que quema sin destruir. Fernando no solo me muestra música: me entrega un rito, una llave, un pacto de sangre y sonido que durará para siempre.
El vinilo gira. La música estalla otra vez. Siento el golpe de la batería en las costillas, el filo de la guitarra sobre la piel, el grito en mis oídos. Cada segundo es absoluto. Cada frase de la canción un espejo que me devuelve completo y oscuro. La habitación es un ritual. La luz se rompe en sombras. La electricidad fluye por mis venas.
Decenas de años después, cierro los ojos y vuelvo allí. Escucho Be All, End All. La luz tenue ilumina los posters. Los vinilos giran en la penumbra. La risa de Fernando se mezcla con los riffs. La música me atraviesa, me sacude, me eleva. No es solo sonido: es sangre, fuego, oscuridad, vida, todo al mismo tiempo.
Si este texto tocó algo en ti, siente la electricidad recorrer tu cuerpo. Deja que la oscuridad sea belleza, que la intensidad sea refugio, y que la música te atraviese como un ritual que nunca termina. Algunas chispas no se apagan jamás.