¿En qué momento el fuego dejó de arder y empezó a consumir oxígeno?
No hubo explosión. No hubo traición cinematográfica. Solo una disminución casi imperceptible de la luz, como cuando el día se rinde sin que nadie lo vea caer.

Al principio todo era incendio dulce.
Un fuego que no quemaba, que abrigaba. Que hacía del mundo un lugar posible y del silencio, una caricia. El amor llegó como llegan las lluvias necesarias: sin pedir permiso, pero trayendo vida a lo que llevaba tiempo agrietado.
Había armonía en las miradas.
En las palabras, una arquitectura invisible donde todo parecía encajar. Los días tenían sentido propio. Las horas sabían a eternidad. Uno se acostumbra rápido a la idea de que lo extraordinario será permanente.
Y ahí empieza la ilusión.
El amor crece en lo diminuto:
en el café compartido cuando aún hay sueño,
en la risa absurda que estalla sin razón,
en los dedos que se buscan al caminar, casi por instinto.
Crece… y nos transforma.
Nos vuelve vulnerables, suaves, descuidadamente honestos. Aprendemos a conjugar en plural sin titubeos. Decimos “nosotros” como si siempre hubiera existido.
Pero el amor también respira.
Y todo lo que respira puede enfermar.
No se anuncia con trompetas.
Comienza en lo casi invisible: un silencio que se alarga, una mirada que se escapa un segundo antes de sostenerse, un mensaje que tarda más de lo habitual. Nada grave. Nada definitivo. Solo grietas microscópicas.
Y sin embargo, algo empieza a cambiar.
El fuego no se apaga de golpe; se cansa.
Se convierte en brasas que arden por inercia.
Lo que antes era risa se vuelve argumento.
Lo que antes era abrazo, espacio.
Lo que antes era promesa, carga.
Así muere el amor.
No en el estruendo de un adiós,
sino en el desgaste cotidiano.
No cae: se diluye.
Como un perfume que ya nadie percibe, aunque aún esté en el aire.
Y lo más cruel es que seguimos ahí.
Amando por costumbre.
Encendiendo una vela en una habitación que ya no necesita luz.
Hasta que un día solo queda el silencio.
El mismo silencio donde alguna vez nació todo.
El amor no muere por falta de intensidad; muere por descuido.
Muere cuando dejamos de mirarnos con curiosidad.
Cuando asumimos en lugar de preguntar.
Cuando el cansancio ocupa el lugar del asombro.
No es eterno. Es frágil.
Necesita alimento, presencia, intención.
Y cuando lo damos por garantizado, se convierte en ceniza sin que nadie haya visto la última chispa extinguirse.
Después quedan los fantasmas.
Las canciones que duelen distinto.
Los lugares que parecen observarnos con memoria.
Los objetos que todavía guardan un eco.
Pero incluso en su muerte hay una verdad luminosa.
Porque el amor que agoniza también revela.
Nos muestra dónde fallamos, dónde temimos, dónde dejamos de cuidar lo que decíamos eterno. Nos confronta con nuestra humanidad imperfecta.
Y en ese vacío que deja su partida, algo se reordena.
No mejor. No más fuerte.
Más consciente.
Nada dura para siempre.
Pero hay amores que, aun convertidos en polvo, siguen habitándonos como una cicatriz tibia.
Y tal vez esa sea su última forma de existencia:
no como fuego…
sino como memoria que aún arde bajo la piel.
