Prólogo
Hay recuerdos que se niegan a morir.
No importa cuántas veces cambiemos de ciudad.
No importa cuántos números eliminemos del teléfono.
No importa cuántas fotografías enviemos a la papelera.
Algunas cosas encuentran la manera de permanecer.
A veces regresan en forma de canciones.
A veces en el aroma de una calle después de la lluvia.
A veces en el rostro de un desconocido que se parece demasiado a alguien que ya no está.
Y otras veces regresan como preguntas.
Las preguntas son peores.
Porque un recuerdo ocupa un lugar en el pasado.
Una pregunta puede ocupar toda una vida.
¿Qué habría pasado si me hubiera quedado?
¿Qué habría pasado si hubiera llamado una vez más?
¿Qué habría pasado si hubiera tenido el valor de decir lo que sentía?
La mayoría de las personas aprende a convivir con esas preguntas.
Las guarda en algún rincón de la memoria.
Las deja dormir.
Las deja en paz.
Pero hay quienes no pueden hacerlo.
Hay quienes regresan a ellas una y otra vez.
Como quien vuelve cada noche a una casa abandonada.
Como quien contempla una fotografía hasta olvidar si observa el pasado o lo está imaginando.
La casa del final de la calle existía para esas personas.
No para los curiosos.
No para los incrédulos.
No para quienes habían aprendido a seguir adelante.
La casa esperaba a los que permanecían detenidos.
A los que confundían nostalgia con amor.
A los que seguían conversando con fantasmas que nunca habían muerto.
Porque la casa conocía una verdad que pocos estaban dispuestos a aceptar.
La vida no siempre se rompe por lo que sucede.
A veces se rompe por aquello que nunca ocurrió.
Y durante años la casa aguardó pacientemente.
Observando.
Escuchando.
Esperando.
Hasta que una tarde de lluvia, alguien apareció al final de la calle.
Sin saber que algunas puertas no conducen a habitaciones.
Conducen a versiones de nosotros mismos.
Y que hay espejos capaces de reflejar mucho más que un rostro.
Hay espejos que muestran todo aquello que todavía no hemos aprendido a dejar atrás.