Capítulo 2
La lluvia continuó durante gran parte de la noche.
Adrián apenas logró dormir.
No fue por la fotografía.
Al menos eso intentó convencerse.
Había explicaciones posibles.
Errores de sincronización.
Archivos dañados.
Algún fallo absurdo de software.
Las respuestas racionales seguían existiendo.
Y mientras existieran, pensaba aferrarse a ellas.
Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la imagen.
La fachada.
La lluvia.
Su propia figura frente a la puerta.
Observada desde una ventana donde nadie debería haber estado.
A las tres de la madrugada se levantó.
Recorrió la casa habitación por habitación.
Encendió luces.
Abrió puertas.
Revisó armarios.
Nada.
La casa estaba tan vacía como parecía.
Cuando finalmente regresó a la cama, el amanecer comenzaba a aclarar el cielo.
Despertó cerca del mediodía.
La tormenta había desaparecido.
Por primera vez pudo observar la calle con claridad.
Desde la ventana del segundo piso distinguió casas modestas, árboles viejos y algunos vecinos ocupados en actividades cotidianas.
Todo parecía normal.
Ridículamente normal.
Como si la noche anterior hubiera ocurrido en otro lugar.
Tomó su cámara.
Decidió salir.
Necesitaba caminar.
Necesitaba fotografías.
Necesitaba recordarse que el mundo seguía siendo real.
Pasó gran parte de la tarde recorriendo las calles cercanas.
Capturó fachadas antiguas.
Bardas cubiertas por enredaderas.
Ventanas cerradas.
Detalles que la mayoría de las personas ignoraba.
Siempre le habían gustado las cosas olvidadas.
Poseían una sinceridad que rara vez encontraba en la gente.
Cuando regresó, el sol comenzaba a descender.
Fue entonces cuando vio al anciano.
Estaba sentado frente a la casa de enfrente.
Vestía camisa clara, pantalones oscuros y sostenía una taza entre las manos.
Parecía observar la calle.
O quizá esperaba algo.
Al notar su presencia, sonrió.
—Usted es el nuevo inquilino.
No era una pregunta.
Adrián asintió.
—Llegué ayer.
—Lo sé.
La respuesta le resultó extraña.
El anciano señaló una silla vacía junto a él.
—Soy Esteban.
Los vecinos me llaman Don Esteban cuando quieren algo.
Adrián sonrió por cortesía.
Tomó asiento.
Durante algunos minutos hablaron de temas triviales.
La lluvia.
La colonia.
Los negocios cercanos.
Nada fuera de lo normal.
Hasta que Don Esteban señaló discretamente la casa.
—¿Ya comenzó?
Adrián lo observó.
—¿Qué cosa?
El anciano bebió un poco de café.
—La casa.
—No entiendo.
—Claro que no.
Nadie entiende al principio.
Aquella respuesta dejó una sensación incómoda flotando entre ambos.
—¿Vivió ahí antes?
preguntó Adrián.
Los ojos de Don Esteban se desviaron hacia el inmueble.
Durante un instante pareció mucho más viejo.
—Hace mucho tiempo.
—¿Y por qué se fue?
Una sonrisa tenue apareció en el rostro del anciano.
—Por la misma razón por la que usted se marchará algún día.
Aquella noche las palabras regresaron una y otra vez.
Mientras preparaba café.
Mientras revisaba las fotografías de la tarde.
Mientras intentaba concentrarse en cualquier otra cosa.
Por la misma razón por la que usted se marchará algún día.
No tenía sentido.
Ni siquiera pensaba quedarse demasiado tiempo.
Quizá un año.
Tal vez menos.
Aun así, la frase permanecía allí.
Como una espina.
Poco antes de medianoche ocurrió algo extraño.
La electricidad parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después se estabilizó.
Adrián levantó la vista de la computadora.
El silencio era absoluto.
Demasiado absoluto.
Se acercó a la ventana.
La calle permanecía oscura.
Vacía.
Inmóvil.
Entonces lo vio.
Una luz.
En el segundo piso de la casa.
Una luz cálida.
Amarilla.
Suave.
Como la de una lámpara encendida detrás de una cortina.
Frunció el ceño.
La habitación estaba justo frente a él.
El problema era sencillo.
Aquella habitación llevaba vacía desde que llegó.
Lo sabía porque él mismo la había revisado.
La luz permaneció encendida varios segundos.
Después se apagó.
Sin transición.
Sin movimiento.
Sin sombra alguna.
Simplemente desapareció.
Adrián permaneció inmóvil frente a la ventana.
Esperando que regresara.
No lo hizo.
Y sin embargo, mientras observaba la oscuridad del segundo piso, una sensación comenzó a crecer lentamente en su interior.
La certeza absurda de que alguien había estado allí.
No observando la calle.
No observando la lluvia.
Observándolo a él.
Y por primera vez desde su llegada, la fotografía dejó de parecer un error.
Porque si alguien había tomado aquella imagen…
Entonces alguien seguía dentro de la casa.