Hay recuerdos que pertenecen al pasado.
Y hay otros que, de alguna manera, se niegan a aceptar que el tiempo existe.
Ésta es una de esas noches.
Han pasado décadas desde entonces. Suficientes para que la ciudad cambie de rostro varias veces, para que los edificios envejezcan, para que algunos lugares desaparezcan y otros sean restaurados hasta parecer nuevos. Suficientes también para que yo haya dejado atrás al hombre que fui aquella noche.
O eso me gusta pensar.

Porque algunas veces basta con que comience a llover para descubrir que aquel muchacho todavía vive en alguna parte de mí.
Era la década de los noventa.
Yo estudiaba ingeniería y tenía uno de mis primeros trabajos. Vivía esa etapa extraña en la que uno comienza a sentirse adulto sin haber dejado realmente de ser joven. Tenía responsabilidades, sí, pero todavía conservaba algo que después la vida suele cobrar caro: la sensación de que el futuro era interminable.
Aquella noche tenía una cita.
Y no sabía que terminaría convirtiéndose en uno de esos recuerdos que el tiempo puede cubrir de polvo, pero jamás consigue borrar.
Comenzamos en Los Azulejos.
La Casa de los Azulejos tenía entonces, como ahora, ese aire de lugar detenido entre siglos. La fachada cubierta de talavera, la cantera, los balcones y el movimiento del Centro Histórico alrededor parecían formar parte de una escenografía demasiado perfecta para una simple cena.
Nosotros éramos mucho menos solemnes.
Éramos jóvenes.
Comíamos, hablábamos y nos mirábamos.
Ella tenía esa belleza que no necesitaba pedir permiso.
Piel morena clara.
Un cuerpo firme, torneado, femenino sin artificios. Su cintura, estrecha y delicada, hacía que sus curvas adquirieran una presencia imposible de ignorar. Había en su figura una armonía que me atraía incluso cuando intentaba concentrarme en la conversación.
Pero había algo más peligroso que su cuerpo.
Su manera de mirarme.
Porque había miradas que no necesitaban tocar para sentirse como una caricia.
Y la suya comenzaba a hacerlo.
Salimos de Los Azulejos y caminamos por el Centro.
La ciudad tenía otro ritmo.
No había teléfonos inteligentes iluminando cada rostro.
No había mapas digitales diciéndonos dónde estábamos.
No había una cámara esperando registrar cada instante.
Si queríamos conservar algo, teníamos que confiar en la memoria.
Y qué extraño.
Después de tantos años, resulta que aquello que no fotografié es precisamente lo que mejor recuerdo.
Fuimos al cine.
Ciudad de Ángeles.
Nicolas Cage.
Una historia de amor imposible, de pérdidas, de eternidad y de ese deseo profundamente humano de tocar aquello que sabemos que algún día tendremos que soltar.
Quizá la película hizo su trabajo demasiado bien.
Salimos con el corazón abierto.
Demasiado abierto.
Ella caminaba a mi lado y, de vez en cuando, nuestros brazos se rozaban.
Un contacto mínimo.
Accidental.
O quizá no.
Yo podía sentir que algo había cambiado.
La película nos había dejado demasiado cerca de nuestros propios deseos.
Después fuimos a El Moro.
El olor del chocolate caliente y los churros recién hechos envolvía la noche.
Y nosotros jugamos.
Con el azúcar.
Con el chocolate.
Con las manos.
Con las miradas.
Con esa clase de provocaciones pequeñas que sólo necesitan de dos personas que ya se desean para convertirse en algo mucho más peligroso.
Un poco de azúcar quedó en sus labios.
Lo miré.
Ella se dio cuenta.
Sonrió.
No hizo nada para limpiarlo.
Me acerqué.
Y lo hice yo.
Fue apenas un roce.
Pero recuerdo haber sentido que aquel pequeño gesto decía mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.
El chocolate terminó siendo solamente una excusa.
Porque la verdadera dulzura estaba en la manera en que nos mirábamos.
La noche ya había caído cuando salimos.
Ninguno quería regresar todavía.
Así que caminamos hacia la Alameda.
Quizá sin saberlo, estábamos alargando nuestra despedida.
La Alameda Central tenía algo distinto bajo la noche. Los árboles parecían más grandes, las lámparas más lejanas y los senderos adquirían esa atmósfera que sólo puede tener el Centro Histórico cuando el bullicio comienza a retirarse.
Caminamos.
Nos detuvimos.
Nos besamos.
Volvimos a caminar.
Nos reímos.
Y cada vez que nuestros labios se encontraban, el beso duraba un poco más.
Hasta que comenzó a llover.
Al principio fueron unas gotas.
Después, una cortina.
Y luego, una tormenta.
Corrimos buscando refugio.
Terminamos debajo de un árbol.
Y todavía puedo verla.
Eso es lo extraño.
No puedo recordar con exactitud muchas cosas que sucedieron durante aquellos años.
Pero puedo verla.
La lluvia había empapado su cabello y lo había pegado a su rostro y a su cuello.
Su ropa húmeda se adhería suavemente a su cuerpo, siguiendo sus formas sin necesidad de revelarlas.
Las luces amarillentas de la Alameda atravesaban la cortina de agua y encontraban su piel en pequeños destellos.
Una gota descendió desde su sien.
Pasó junto a su mejilla.
Llegó hasta su cuello.
Y siguió su camino.
Yo la observé.
Ella se dio cuenta.
No apartó la mirada.
Hay instantes en los que una persona puede sentirse desnuda sin que nadie haya retirado una sola prenda.
Aquel fue uno de ellos.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Respiraba agitada por la carrera.
Pero había algo más en aquella respiración.
Algo que no tenía que ver con el cansancio.
Me acerqué.
Ella también.
Nuestros cuerpos volvieron a encontrarse.
Y la lluvia dejó de importar.
La besé.
Ella respondió con una intensidad que todavía puedo recordar.
Mis manos encontraron su cintura.
Aquella cintura que tantas veces había mirado durante la noche.
La estreché contra mí.
Sentí el calor de su cuerpo atravesando la humedad de nuestras ropas.
Frío afuera.
Calor entre nosotros.
Agua sobre la piel.
Respiraciones cada vez más profundas.
Sus manos recorriendo mi espalda.
Las mías siguiendo lentamente la curva de su cintura.
El deseo ya no era una insinuación.
Estaba allí.
Entre los dos.
Vivo.
Palpitante.
Imposible de ignorar.
La besé en los labios.
Después en la mejilla.
Después cerca del cuello.
Y sentí cómo su respiración cambiaba.
Ella cerró los ojos.
Por un instante apoyó la frente contra la mía.
No dijimos nada.
No hacía falta.
A veces el silencio entre dos cuerpos puede ser mucho más íntimo que cualquier palabra.
La ropa mojada comenzó a convertirse en una frontera incómoda.
Y recuerdo aquel instante en que esa frontera empezó a desaparecer.
No como un acto brusco.
Sino lentamente.
Como si ambos estuviéramos aprendiendo un lenguaje nuevo.
La piel apareció poco a poco entre la lluvia y las sombras.
Y entonces la vi.
No como había imaginado que sería.
No como una fantasía.
Sino como una mujer real frente a mí.
Vulnerable.
Hermosa.
Deseada.
Su piel morena clara brillaba bajo las luces de la Alameda.
Las gotas recorrían lentamente sus hombros y descendían por su cuerpo.
Su cintura parecía todavía más estrecha.
Sus curvas, acentuadas por la luz y la humedad, adquirían una belleza casi irreal.
Pero lo que más me estremeció fue su mirada.
No había vergüenza.
No había miedo.
Sólo esa mezcla peligrosa de deseo y confianza que hace que una persona pueda sentirse infinitamente cerca de otra.
La abracé.
Ella se refugió contra mi pecho.
Y durante unos segundos simplemente permanecimos así.
Besándonos.
Respirando.
Sintiendo.
La tormenta rugía alrededor de nosotros.
El árbol temblaba bajo el peso de la lluvia.
Las luces de la Alameda se deshacían en pequeñas manchas doradas.
Y nosotros parecíamos haber quedado fuera del tiempo.
Recuerdo la textura de su piel bajo mis manos.
El calor de su cuerpo.
La humedad de su cabello.
El temblor casi imperceptible de su respiración.
Recuerdo haber pensado que nunca había visto algo tan hermoso.
Y también recuerdo haber tenido miedo.
No de ella.
De que aquel momento terminara.
Porque incluso entonces, aunque no pudiera explicarlo, había una parte de mí que sabía que las cosas verdaderamente hermosas tienen una crueldad particular:
nunca duran exactamente lo que uno quisiera.
Aquella noche nos dejamos llevar.
No por una aventura.
No solamente por el deseo.
Nos dejamos llevar por todo lo que habíamos acumulado durante aquella cita.
La película.
Las miradas.
Los besos.
El chocolate.
Las bromas.
La lluvia.
La juventud.
Y esa sensación peligrosa de que el mundo podía desaparecer durante unas horas sin que nadie viniera a reclamarnos.
No sé cuánto tiempo permanecimos bajo aquel árbol.
El tiempo había dejado de funcionar.
Éramos demasiado jóvenes para comprender que algunos momentos solamente se reconocen como irrepetibles cuando ya han terminado.
Y quizá ésa sea la verdadera tragedia de la juventud:
uno siempre está viviendo el recuerdo que algún día extrañará sin saberlo.
Mucho después comprendí que aquella noche no había sido solamente una noche de pasión.
Había sido una fotografía.
Una de esas fotografías que nunca tomamos con una cámara.
Una imagen guardada directamente en la memoria.
Ella bajo la lluvia.
Yo frente a ella.
La luz dorada sobre su piel.
El cabello húmedo.
La respiración agitada.
Los labios entreabiertos después de un beso.
Y aquella expresión que todavía, tantos años después, no sé si fue deseo, amor o ambas cosas.
Quizá no importe.
Porque existen momentos en los que esas palabras dejan de tener fronteras.
Han pasado décadas.
La ciudad cambió.
Yo cambié.
Seguramente ella también.
Los lugares continuaron con sus propias historias.
Los Azulejos siguió recibiendo generaciones bajo su fachada de talavera.
El Moro continuó sirviendo churros y chocolate.
Y la Alameda siguió viendo pasar amantes, solitarios, turistas, músicos, vendedores y fantasmas cotidianos de una ciudad que nunca duerme del todo.
Pero yo me quedé con aquella noche.
Con aquella versión de nosotros.
Con dos jóvenes que todavía no sabían cuánto podía cambiar la vida.
A veces, cuando llueve sobre la Ciudad de México, regreso mentalmente a aquel árbol.
Puedo escuchar las gotas golpeando las hojas.
Puedo sentir nuevamente aquel frío sobre la piel.
Y, de alguna manera absurda, también puedo recordar el calor de su cuerpo contra el mío.
La memoria tiene esas pequeñas crueldades.
Puede devolvernos una sensación con una precisión que jamás concede al resto de la historia.
Y puedo verla.
Joven.
Hermosa.
Mojada por la tormenta.
Con aquella cintura que parecía dibujar el resto de su cuerpo.
Con aquellas curvas que la lluvia convertía en una sombra sensual bajo las luces.
Y con una mirada que todavía parece preguntarme cuánto tiempo más voy a fingir que aquella noche pertenece únicamente al pasado.
Entonces comprendo.
No extraño solamente aquella mujer.
Extraño al hombre que fui cuando ella me miraba así.
Extraño la inocencia.
La expectativa.
El deseo sin memoria.
La sensación de que todavía quedaban infinitas noches por vivir.
Hoy sé que no era cierto.
No quedan infinitas noches.
Por eso algunas se vuelven eternas.
Aquella fue una de ellas.
Y quizá por eso, cuando vuelve la lluvia, regreso.
No para recuperar lo que perdí.
No para cambiar lo que ocurrió.
Sólo para recordar.
Para volver a sentir, durante unos segundos, el calor de dos cuerpos jóvenes enfrentándose al frío de una tormenta.
Para volver a escuchar aquella respiración.
Para volver a mirar aquella piel iluminada por las lámparas.
Para volver a besarla en el único lugar donde todavía puedo hacerlo:
en la memoria.
Porque hay noches que no queremos recuperar.
Sólo queremos visitarlas.
Aunque sea una última vez.
Aunque sea bajo la lluvia.
