Hoy me siento solo.
No de esa soledad sencilla que cabe en una habitación vacía, ni de aquella que se cura encendiendo una lámpara, abriendo una ventana o escuchando la voz de alguien al otro lado del teléfono.
No.
Esta es una soledad más antigua.
Una que camina contigo.

Aquella noche salí a caminar sin rumbo por la ciudad que me vio nacer. La conocía desde antes de tener memoria. Sus calles habían recibido mis primeros pasos, sus edificios habían observado mis derrotas y sus noches habían guardado secretos que jamás me atreví a contarle a nadie.
Y, sin embargo, aquella noche no reconocía nada.
La ciudad seguía allí, pero yo ya no pertenecía a ella.
Caminé entre cientos de personas que reían, discutían, se besaban bajo los semáforos y corrían hacia lugares donde alguien las esperaba.
Nadie sabía mi nombre.
Y por primera vez comprendí que uno puede estar rodeado de miles de almas y sentirse más solo que un muerto dentro de su propia tumba.
Seguí caminando.
El viento arrastraba hojas secas por las banquetas y las luces de los autos convertían los charcos en pequeños espejos rotos.
Fue entonces cuando recordé tu risa.
Y maldije.
No a ti.
A mí.
Porque había cometido el terrible error de volver a ser feliz.
Después de tanto tiempo, había conseguido arrancarle una sonrisa a la oscuridad. Había aprendido nuevamente a reír sin sentir que estaba traicionando todas las cosas que alguna vez me hicieron daño.
Y entonces llegaste tú.
No llegaste prometiendo salvarme.
Eso fue lo hermoso.
Simplemente te sentaste a mi lado mientras yo seguía peleando con mis propios fantasmas.
Y, poco a poco, la casa abandonada que llevaba dentro comenzó a encender algunas ventanas.
Contigo aprendí que todavía podía esperar un mensaje con una sonrisa.
Que podía emocionarme por un abrazo.
Que podía imaginar mañanas.
Que podía volver a pronunciar la palabra nosotros sin sentir que estaba firmando mi propia sentencia.
Por eso dolió tanto cuando todo comenzó a romperse.
No hubo un solo instante.
No hubo un trueno.
El amor rara vez muere de golpe.
A veces se va apagando como una vela olvidada en una iglesia abandonada.
Primero desaparece una certeza.
Después una costumbre.
Luego una mirada.
Hasta que un día descubres que estás abrazando a alguien que todavía amas, pero que ya está aprendiendo a vivir sin ti.
Y aquello me llenó de rabia.
Una rabia oscura.
De esas que no gritan porque saben que podrían destruirlo todo.
Me enfureció haberlo intentado.
Me enfureció haber cuidado cada palabra.
Cada detalle.
Cada promesa.
Me enfureció haber dado lo mejor de mí y descubrir que, aun así, podía no ser suficiente.
Pero sobre todo me enfureció mirarme al espejo y reconocer al hombre que había dejado de ser para que alguien se quedara.
Ahí estaba.
Frente a mí.
Cansado.
Herido.
Furioso.
Y todavía enamorado.
Entonces comprendí algo que me dolió más que la propia pérdida:
yo no estaba enojado porque te fueras.
Estaba enojado porque había olvidado quedarme conmigo.
Me apoyé contra una pared y cerré los ojos.
Durante unos segundos imaginé que estabas allí.
No como eras al final.
Sino como fuiste cuando todavía nos hacíamos reír.
Cuando nuestras manos se buscaban sin pensarlo.
Cuando una mirada bastaba para decir aquí estoy.
Y comprendí que no quería convertir esos recuerdos en veneno.
No quería que nuestra historia terminara convertida en una lista de culpas.
No quería recordarte preguntándome quién tuvo la razón.
Porque el amor verdadero no siempre consigue quedarse.
Pero eso no significa que haya sido mentira.
Quizá amar también consiste en aceptar que algunas personas llegan para caminar contigo una parte del camino.
No toda la vida.
Sólo la parte que les corresponde.
Y tú habías caminado conmigo.
Habías visto mis ruinas.
Habías conocido mis noches.
Habías escuchado mis silencios.
Habías conseguido hacerme reír cuando yo ya había olvidado cómo hacerlo.
¿Cómo podía odiarte por marcharte si alguna vez fuiste precisamente quien me enseñó que todavía podía sentir?
Abrí los ojos.
La ciudad seguía encendida.
Por primera vez en horas, dejó de parecerme una ciudad extraña.
Tal vez porque comprendí que no era ella quien había cambiado.
Era yo.
Y quizá eso era crecer:
aceptar que algunas puertas se cierran aunque uno todavía tenga la llave.
Seguí caminando.
No sabía hacia dónde.
Pero ya no caminaba para encontrarte.
Caminaba para encontrarme.
Y mientras avanzaba, imaginé que algún día volveríamos a cruzarnos.
Tal vez en otra calle.
Tal vez en otra vida.
Tal vez simplemente en la memoria.
Y si ese día llegaba, no quería llevar conmigo rencor.
Sólo gratitud.
Por las risas.
Por las noches.
Por las heridas.
Por todo aquello que fuimos.
Por todo aquello que intentamos ser.
Porque todavía te amo.
Y quizá precisamente por eso puedo dejarte ir.
No porque hayas dejado de importarme.
Sino porque importaste demasiado.
La noche continuó.
Los autos siguieron pasando.
Las ventanas siguieron respirando luz.
Y yo seguí caminando bajo el cielo oscuro de la ciudad que me vio nacer.
Esta vez, sin buscarte.
Esta vez, sin odiarme.
Esta vez, con el corazón roto…
pero finalmente dispuesto a despedirse.
Sin rencor.
Sin mentiras.
Sin pedirte que regreses.
Sólo con una última verdad que nunca supe decirte:
gracias por haber sido hogar mientras duró el viaje.
