Capítulo 1
La lluvia comenzó mucho antes de que el autobús abandonara la ciudad.
Pequeñas gotas resbalaban por el cristal mientras los edificios se desdibujaban en la distancia, convertidos en manchas grises bajo un cielo enfermo de nubes.
Adrián observó el paisaje sin verdadera atención.
Sobre sus piernas descansaba una mochila negra. Dentro llevaba una cámara fotográfica, una computadora portátil y un teléfono lleno de recuerdos que llevaba meses intentando abandonar.
Desbloqueó la pantalla.
La aplicación de fotografías se abrió exactamente donde la había dejado la noche anterior.
Miles de imágenes.
Calles.
Atardeceres.
Edificios abandonados.
Rostros.
Sonrisas.
Momentos detenidos en el tiempo como insectos atrapados en ámbar.
Abrió una carpeta.
Durante varios segundos contempló el botón de eliminar.
La carpeta desaparecía para siempre si lo presionaba.
Era una acción sencilla.
Un movimiento mínimo del dedo.
Sin embargo, permaneció inmóvil.
No porque quisiera conservar aquellas imágenes.
Sino porque comprendió algo incómodo.
Después de tantos años, ya no estaba seguro de dónde terminaban los recuerdos y dónde comenzaba él.
Apagó la pantalla.
La lluvia continuó golpeando la ventana.
Afuera, la ciudad quedó atrás.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estuviera escapando.
Tampoco sintió que avanzara.
Simplemente estaba siendo arrastrado por una corriente que había comenzado mucho antes de que tomara la decisión de marcharse.
Cuando descendió del autobús, la tarde parecía más oscura de lo normal.
El aire olía a tierra mojada y cables húmedos.
Tomó un taxi.
Durante el trayecto observó barrios antiguos mezclados con construcciones recientes. Locales iluminados por pantallas LED convivían con edificios que parecían abandonados desde hacía décadas.
La ciudad respiraba modernidad y ruina al mismo tiempo.
Le agradó.
Había algo honesto en aquella contradicción.
Veinte minutos después llegó a la calle indicada.
Pagó al conductor.
Descendió.
Y se quedó inmóvil.
La calle terminaba unos metros más adelante.
No había salida.
Sólo una hilera de casas antiguas, árboles inclinados por el viento y una sensación extraña de silencio.
Niños jugando podían escucharse a la distancia.
Un televisor sonaba detrás de una ventana.
Un perro ladró en algún lugar.
Y aun así, el silencio permanecía.
Como si aquellas cosas pertenecieran a otra parte.
Como si la calle estuviera separada del resto del mundo por una frontera invisible.
Entonces la vio.
La casa ocupaba el extremo final de la calle.
Dos pisos.
Muros envejecidos.
Ventanas altas.
Un balcón de hierro ennegrecido por los años.
No parecía abandonada.
Tampoco parecía habitada.
La impresión era mucho más difícil de explicar.
Parecía atenta.
Como una persona que lleva demasiado tiempo esperando una visita.
Adrián sintió un escalofrío.
No había razón para ello.
Sin embargo, la sensación persistió.
Tomó su teléfono.
Abrió la aplicación de la inmobiliaria.
Verificó la dirección por tercera vez.
Era el lugar correcto.
Guardó el dispositivo y avanzó.
Cada paso parecía amplificar la extraña sensación de estar siendo observado.
No por alguien.
Por la propia casa.
La llave giró con dificultad.
La puerta se abrió.
Un olor a madera antigua y humedad escapó desde el interior.
Adrián entró.
El recibidor era amplio.
La luz gris de la tarde penetraba por las ventanas delanteras, proyectando sombras largas sobre el suelo.
Frente a la entrada había un espejo.
Alto.
Antiguo.
Enmarcado en madera oscura.
Lo observó apenas un instante mientras dejaba las maletas.
Su reflejo parecía exactamente lo que esperaba ver.
Cabello húmedo.
Rostro cansado.
Ojeras discretas.
Nada fuera de lo normal.
Sin embargo, cuando se alejó, una sensación incómoda le recorrió la espalda.
Se detuvo.
Volvió la vista hacia el espejo.
No ocurrió nada.
La superficie reflejaba el recibidor vacío.
Y aun así, tuvo la absurda impresión de que su reflejo había tardado una fracción de segundo más en apartar la mirada.
Sacudió la cabeza.
El viaje había sido largo.
Necesitaba descansar.
Nada más.
Subió las maletas al segundo piso.
Las habitaciones estaban vacías.
El mobiliario era escaso.
Una cama.
Un escritorio.
Algunas lámparas antiguas.
Lo suficiente para comenzar de nuevo.
Dejó la mochila junto a la ventana.
Entonces su teléfono vibró.
Una notificación.
Sin prestarle demasiada atención, desbloqueó la pantalla.
El mensaje provenía del servicio de almacenamiento en la nube.
Nueva imagen sincronizada.
Frunció el ceño.
No había tomado fotografías ese día.
Abrió el archivo.
La imagen tardó apenas unos segundos en cargar.
Y cuando apareció, sintió que el estómago se le contraía.
Era la casa.
La fachada completa.
La fotografía había sido tomada desde una ventana del segundo piso.
Desde el interior.
Fecha de creación: tres minutos antes.
Adrián observó la imagen varias veces.
No comprendía lo que veía.
Porque en la fotografía aparecía una persona.
Él.
De pie frente a la puerta principal.
Mirando hacia la entrada.
Exactamente igual que unos minutos atrás.
El problema era evidente.
La imagen había sido tomada antes de que entrara.
Y desde un lugar donde aún no había estado.
Durante varios segundos permaneció inmóvil.
Después revisó los detalles del archivo.
No encontró nada extraño.
Ninguna explicación.
Ningún error evidente.
Sólo una fotografía imposible.
Afuera, la lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Las gotas golpearon el cristal de la ventana.
Adrián levantó la vista.
Por un instante creyó distinguir movimiento en una de las habitaciones del piso inferior.
Una sombra.
Una figura.
Algo.
Pero cuando observó con atención ya no había nada.
Sólo oscuridad.
Sólo lluvia.
Sólo la casa.
Esperando.
Y entonces tuvo una sensación aún más inquietante que el miedo.
La impresión de que no acababa de llegar.
La impresión de que había tardado demasiado en regresar.